Escuchar este artículo
Narrado por Alain Padrón.
El viernes 17 de mayo de 1895, Máximo Gómez salió del campamento con cuarenta caballos para hostigar un convoy español que subía desde Bayamo, y José Martí se quedó atrás. Esa noche lo anotó en su diario con la naturalidad de quien apunta una tarea de oficina: que se queda escribiendo con Garriga y Feria, ocupados en copiar las Instrucciones Generales a los jefes y oficiales, y que lo acompañan doce hombres y tres guardias repartidos en los tres caminos que llegaban al lugar.
El lugar eran unos ranchos abandonados junto al río Contramaestre, propiedad de José Rafael Pacheco, donde la tropa llevaba acampada desde el día 13 bajo una lluvia que no había parado en toda la semana. Aquella mañana el hermano del dueño, José Rosalío Pacheco, que era el prefecto de la zona, había cruzado el fango hasta la rodilla para llevarle el almuerzo desde su casa, y al entregárselo le dijo una frase que Martí copió tal cual sin comentario alguno: por usted doy mi vida. La entrada termina con una observación sobre el tiempo que entonces no era más que eso, una observación sobre el tiempo: está muy turbia el agua crecida del Contramaestre. Dos días después ese mismo río iba a decidir cómo se peleaba un combate. Con esa línea se cierra el diario.
Las Instrucciones que copiaban sus secretarios eran apenas la parte visible de un trabajo que venía haciendo desde hacía dos semanas. Sus obras completas fechan en esos días cartas a Maceo, a Bartolomé Masó, a José Miró y a Rafael Portuondo Tamayo, además de una circular a los jefes de Jiguaní prohibiendo el paso de reses hacia el pueblo, de modo que lo que tenía entre manos era administración en el sentido más literal del término: correos, parque, disciplina y la convocatoria de una asamblea que eligiera gobierno. Todo eso lo estaba montando un hombre que no mandaba una sola tropa y que había recibido su grado de mayor general apenas un mes antes, en pleno monte y de manos de los propios jefes militares. Y lo estaba montando, además, mientras perdía la discusión sobre quién debía dirigir aquella guerra.
La discusión venía del 5 de mayo, cuando se habían reunido en el ingenio La Mejorana, cerca de San Luis. Maceo llegó allí con una idea propia de cómo debía conducirse todo, que consistía en una junta de los generales con mando y una secretaría general para despachar los asuntos civiles, y Martí le opuso la suya, anotada esa misma noche en dos líneas que valen por un programa: el Ejército libre, y el país representado con toda su dignidad. No hubo manera de acercar las dos posiciones. Maceo lo interrumpía una y otra vez y le hablaba, según escribió Martí, como si él fuera la continuación de un gobierno de leguleyos, hasta que en algún momento le hizo la pregunta de frente: si se quedaba con él o se iba con Gómez. Martí lo vio herido, anotó que aquello le repugnaba, y esa noche durmieron fuera de los campamentos, en un rancho lleno de fango donde cualquiera podía caerles encima.
Del día siguiente no queda nada, y la ausencia tiene su propia historia. Cuando Gonzalo de Quesada y Miranda cotejó los originales que guardaba la familia de Gómez, encontró que la foliación del archivo corría sin saltos pero que la paginación de puño y letra de Martí pasaba de la página 27 a la 32, lo que significa que alguien arrancó cuatro hojas antes de que el conjunto se ordenara. Ramón Garriga, que llevaba el diario en sus alforjas y se lo entregó a Gómez después de Dos Ríos, sostuvo siempre que lo había entregado completo, de modo que quién arrancó esas páginas, y por qué, sigue hoy sin respuesta. Vale la pena fijarse en un detalle que suele pasarse por alto: el día que falta no es el de la discusión, sino el siguiente, el de la reconciliación, cuando Maceo los hizo volver al campamento y les pasó revista a su tropa.
Con todo, lo que quedó escrito resulta bastante más incómodo que lo que se perdió. El 9 de mayo, acampados en Altagracia, Martí anota que las fuerzas lo siguen llamando Presidente a pesar de que él lo ha rechazado en público, y registra a continuación cómo Gómez corrige a la tropa delante de todos: que no le digan a Martí Presidente, que le digan General. Anota también el embarazo de los que estaban presentes y el hecho de que hubo quien se lo tomó como un agravio. Al día siguiente, en la Travesía, Gómez le suelta al coronel Bellito una frase que Martí transcribe sin añadirle una sola palabra suya, que Martí no será Presidente mientras él viva. Y el 14, mientras esperan a Bartolomé Masó, escribe la línea que ordena todo lo demás: que escribe poco y mal porque está pensando con zozobra y amargura, y se pregunta hasta qué punto podría serle útil a su país su abandono.
De modo que cuando el sábado 18 se sienta a escribirle a Manuel Mercado, lleva días dándole vueltas a la misma idea. Le dice que ya está todos los días en peligro de dar la vida por su país, y que lo hace para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que Estados Unidos se extienda por las Antillas, que es la parte de la carta que todo el mundo cita. Hay otra que se cita mucho menos y que explica adónde iban en realidad: al centro de la Isla, para deponer él mismo, ante una asamblea de delegados, la autoridad que le había dado la emigración. Aquella pregunta angustiada del día 14 se había convertido en un itinerario. La carta se interrumpe a mitad de frase porque, según le contó Gómez años después a Gonzalo de Quesada, Martí levantó la pluma al ver llegar a Masó con unos 350 jinetes, dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo del saco.
Salió el domingo 19 a las cuatro de la madrugada con una docena de hombres, rumbo a la Vuelta Grande, adonde Masó había pasado ya con la caballería buscando pasto para los animales. Antes de montar escribió a lápiz, en una hoja de libreta de bolsillo, un aviso para Gómez donde le decía que no estaría tranquilo hasta verlo llegar y que le llevaba bien cuidado el jolongo. Es su último escrito conocido.
A esa misma hora, a pocos kilómetros de allí, el coronel José Ximénez de Sandoval mandaba tocar diana. Había salido de Palma Soriano el día anterior con unos 800 hombres para abastecer un fortín en Ventas de Casanova, y en lugar de regresar por donde había venido tomó rumbo a Dos Ríos, de manera que su caballería fue a dar por el camino con un jinete solitario, el campesino canario Carlos Chacón, que lo negó todo hasta que le encontraron dinero encima y un papel escrito por Martí con una lista de efectos para comprar en el comercio de José Falancón. Chacón acabó confesando que era mensajero, dijo dónde acampaban los cubanos y guió a la columna hasta las cercanías, donde a las 11:45 el coronel mandó parar a ranchear. Todo esto consta en el parte que le envió al general Salcedo el 21 de mayo, acompañado de tres croquis dibujados de su mano.
Gómez llegó a la Vuelta Grande a media mañana y hubo abrazo, revista de unos 400 hombres y discursos de los tres jefes. Estaban almorzando cuando apareció un teniente de Masó con la noticia de que se oían disparos hacia Dos Ríos, y la fuerza salió tan aprisa que terminó atacando en vez de esperar, con el agravante de que el Contramaestre venía crecido y el cruce por el paso de Santa Úrsula acabó de desordenarla. Los cubanos barrieron a machete una avanzada española, pero el centro de la columna aguantó y los recibió con descargas cerradas, hasta que alrededor de la una y media Gómez mandó replegarse.
Antes de la carga le había dicho a Martí que se pusiera atrás, que aquel no era su puesto, y lo repitió por escrito cuatro veces entre 1895 y 1908, añadiendo en la versión que le mandó a Benjamín Guerra un detalle que importa: que lo oyeron varios. Martí frenó el caballo un momento y siguió. Acompañado por Ángel de la Guardia, ayudante de Masó, se adelantó unos cincuenta metros por delante y a la derecha del general en jefe, quedó a tiro de una avanzada escondida en el yerbazal y cayó. Llevaba colgado al cuello, atado con un cordón, un revólver Colt con cachas de nácar que le había regalado Panchito Gómez Toro, y no le faltaba un solo cartucho.
Conviene decir aquí con qué se cuenta y con qué no. El único cubano que estaba al lado de Martí en ese momento era Ángel de la Guardia, y no dejó ningún testimonio escrito directo, porque según sostuvo Enrique Gay-Calbó llegó a escribir una carta que su propio padre quemó por miedo a las autoridades coloniales. Lo que ha llegado hasta nosotros es todo de segunda y de tercera mano: una carta de su hermano Dominador fechada en Niquero en 1916, que recogió Enrique Ubieta cuatro años después; un relato que Ángel le contó a su esposa y que transmitió su hijo, publicado en el Anuario de Estudios Martianos en 1970; y una carta del coronel Juan Masó Parra, que era el jefe de día del campamento. Los tres coinciden en la distancia a la que estaban y discrepan en casi todo lo demás. Del lado español las cuentas tampoco cuadran, porque Ximénez de Sandoval informó que el titulado Presidente había caído con cinco balazos mientras que la autopsia que le practicó días más tarde el médico cubano Pablo de Valencia describe tres heridas, en el pecho, la barbilla y el muslo. Y la frase más citada de aquella mañana, la de dejarse clavar en la cruz por Cuba, viene de dos hombres que no estaban allí.
De todo esto sale la tesis del suicidio, que conviene mirar de frente en lugar de esquivarla: un hombre acorralado en una discusión que no podía ganar cabalga solo hacia unas descargas cerradas. Es tentadora, pero los documentos no la sostienen. El 14 estaba calculando su desistimiento como un movimiento político y no como una despedida; el 18 escribió haré, en futuro, cuando se refirió a lo que pensaba hacer en Camagüey; y el 19 invitó a un muchacho a acompañarlo, que es justamente lo que no hace un hombre resuelto a morir. Lo que las fuentes permiten afirmar es más simple y quizá más duro: llevaba semanas pidiéndole a una tropa de campesinos que muriera por Cuba y no se creyó con derecho a mirar el combate desde atrás.
Tres meses más tarde, el 22 de agosto, Gómez le escribió a Tomás Estrada Palma que Martí había empezado a torcerse y a fracasar desde Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos, y que sus amigos, que lo endiosaban, lo habían empujado a un lugar que no era el suyo. La autoridad civil que Martí pensaba deponer ante una asamblea de delegados quedó vacante aquel mediodía, y quien mandaba en la guerra pensaba eso de ella.
*Nota: La imagen de José Martí en el campamento de Dos Ríos fue generada con Inteligencia Artificial.

